Irán en las calles: crisis económica, protesta social y desafío al régimen

Las manifestaciones masivas en Irán comenzaron el 28 de diciembre de 2025 en varias ciudades iraníes a raíz de un descontento económico que se agravó rápidamente. La inflación subió al 48,6 % en octubre de 2025 y al 42,2 % en diciembre, y vino acompañada de un aumento de los precios y una depreciación del rial iraní. Estas protestas evolucionaron hacia un desafío al régimen, exigiendo su caída. 

Estas movilizaciones empezaron solamente entre los comerciantes del Gran Bazar de Teherán, pero acabaron extendiéndose a muchas otras grandes ciudades, impulsadas especialmente por comerciantes, estudiantes y opositores políticos.

Ante estas manifestaciones cada vez más numerosas, las autoridades iraníes llevaron a cabo una represión sin precedentes que provocó numerosas detenciones (más de 10 000 personas) y víctimas (entre 16 000 y 36 000 muertos aproximadamente), y cortaron por completo el acceso a Internet para ocultar sus crímenes a los ojos del mundo. Las manifestaciones del 8 y 9 de enero de 2026 fueron las más mortíferas, con un balance que oscila entre 3000 y 36 500 muertos en 48 horas. 

Estas movilizaciones son una reacción directa al «hartazgo» de la población frente al régimen iraní, que no respeta los derechos económicos, sociales y culturales de la población, lo que ha dado lugar a un deterioro de las condiciones de vida y a un aumento de la inflación (según Amnistía Internacional). 

Por su magnitud, tanto en cuanto al número de personas movilizadas como a la represión a la que se han enfrentado, estas manifestaciones se consideran las más importantes desde la revolución de 1979.

Las protestas iniciadas en Irán en diciembre de 2025 tuvieron como detonante la crisis económica; sin embargo, no se trata de un factor aislado. Lejos de constituir un fenómeno coyuntural, estas movilizaciones deben interpretarse como la expresión visible de un malestar estructural que atraviesa a la sociedad iraní desde hace años. 

A diferencia de las crisis anteriores, el deterioro de las condiciones de vida actuó como catalizador de tensiones preexistentes, como la falta de libertades políticas, la restricción de derechos fundamentales y la ausencia de canales efectivos de participación. Todo ello ha favorecido al paso de una resistencia silenciosa a una resistencia activa, percibida por el régimen como una amenaza interna.

La magnitud de las protestas y su rápida expansión territorial ponen de manifiesto una ruptura progresiva entre el régimen y sectores cada vez más amplios de la población.

No obstante, estas movilizaciones no necesariamente anticipan un colapso inmediato del régimen y pueden interpretarse como la manifestación de una presión social creciente que busca forzar transformaciones desde dentro del sistema. En este sentido, la protesta se configura como un instrumento de negociación que redefine los márgenes de acción del poder político y evidencia que una parte significativa de la sociedad ya no está dispuesta a aceptar el inmovilismo como respuesta.

A ello se suma un elemento distintivo que explica la persistencia y amplitud de las movilizaciones: la capacidad de articular demandas diversas en un mismo movimiento. Las reivindicaciones en materia de derechos individuales han logrado entrelazarse con aspiraciones más amplias de justicia social, económica y cultural, generando un fenómeno de movilización inédito en su alcance.

Si bien las diferencias de clase, culturales y territoriales continúan condicionando el grado de participación, los ciclos reiterados de protesta en los últimos años han contribuido a forjar una conciencia cada vez más extendida sobre las múltiples formas de injusticia. Esta convergencia de demandas ha alimentado una suerte de “hambre de vida” que trasciende reclamos sectoriales y favorece la incorporación de nuevos actores sociales, ampliando así la base de las protestas y dotándolas de una profundidad difícilmente reversible.

Estas manifestaciones suponen, por tanto, un nuevo fracaso del régimen iraní en dos frentes: la estabilidad y la política. Considerado autoritario desde su instauración, el régimen no logra legitimar su modelo político ante una población profundamente desilusionada con el modelo teocrático que se le impone. Esta nueva ola de protestas se traduce, por tanto, en un nuevo fracaso político para el régimen. Aunque estas manifestaciones han sido controladas por la fuerza y no han provocado una inestabilidad permanente contra el régimen iraní, han adquirido una gran magnitud y el uso de métodos letales se percibe como una enésima confesión de fracaso en la estabilización que el régimen iraní busca actualmente, y ello desde un punto de vista internacional, en el que Irán busca reforzar su posición dentro del grupo BRICS. 

Además, estas manifestaciones han permitido poner de relieve una vez más las reivindicaciones del pueblo iraní de restablecer la monarquía en Irán (al menos provisionalmente), derrocada por la revolución islámica. Así pues, estas manifestaciones de la población iraní constituyen un acontecimiento trascendental en la historia política de Irán y simbolizan el último episodio de una larga ruptura entre el régimen autoritario y su población. 

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