El peso del silencio: Cuando la libertad se queda sin aire

Hay silencios que pesan más que las palabras. En febrero de 2021, cuando se cerró la celda de Pablo Hasél, no solo se apagó la voz de un rapero; se nos heló un poco el pulso a todos. Fue el momento en que descubrimos que, en nuestra casa, la libertad de expresión no es un suelo firme sobre el que caminamos, sino una red elástica que se estira o se encoge según quién sea el que habla y, sobre todo, según a quién se dirija.

El cristal blindado de las instituciones

¿En qué momento empezamos a creer que una canción o un mensaje en una red social pueden derribar una institución? Existe una tristeza profunda en ver a un Estado moderno refugiándose tras el escudo de la «honorabilidad» para castigar la rima o el tuit. Cuando una democracia necesita la cárcel para proteger la imagen de su Corona o de sus instituciones, nos está confesando, en voz baja, que se siente frágil.

Una institución que se sabe legítima no teme la palabra ácida; la abraza como parte del ruido necesario de la vida en libertad.

Una libertad que se encoge

El documento que analizamos habla de una «herida abierta», y es verdad. Es la cicatriz de saber que nuestros derechos civiles tienen «propietarios» de distintas categorías. Si la crítica se vuelve un delito dependiendo de la jerarquía de quien la recibe, entonces no somos ciudadanos plenamente libres, sino invitados con restricciones.

Esa inseguridad democrática no se queda en los tribunales; se nos mete en el cuerpo. Es ese pequeño nudo en la garganta antes de escribir algo en redes, ese «mejor no me meto en líos». Es así como la censura deja de ser un juez y pasa a ser nuestra propia sombra.

La valentía de dejar de temer

No se trata de estar de acuerdo con lo que Hasél decía. Se trata de entender que una sociedad sana es aquella donde las ideas se combaten con ideas, no con cerrojos. Mantener leyes que permiten meter a un artista en prisión por sus palabras es, en el fondo, una negligencia que nos empobrece el espíritu.

Necesitamos una justicia que no domestique nuestra voz, sino que la cuide, especialmente cuando lo que tenemos que decir escuece. Porque una nación que le tiene miedo a la palabra de su gente es una nación que, en el fondo, ha dejado de confiar en sí misma.

Proteger la palabra, incluso la más ruda, es la única forma de asegurarnos de que el miedo no se convierta en el idioma oficial de nuestro país.

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