LENGUA EN CADENAS: la influencia de la colonización en las lenguas africanas.

En la conferencia de berlín entre 1884 y 1885, las potencias europeas, principalmente
Reino Unido, Francia, Alemania, Bélgica, Italia y Portugal, oficializaron el proceso de
colonización del continente africano, repartiéndose el territorio por zonas de
influencia. Este proceso fue motivado por diversas razones, como la búsqueda de
recursos naturales, de nuevos mercados, o la propia pugna por poder entre potencias
europeas.

El colonialismo en África no fue un proceso meramente administrativo, sino una reconfiguración total de la existencia. Introdujo dependencias estructurales que encadenaron la política, la economía y la cultura del continente a los intereses metropolitanos. Sin embargo, el golpe más profundo y a menudo el menos analizado ocurrió en la identidad: la colonización desarticuló la estructura social al imponer las lenguas europeas como únicos vehículos de civilización y poder. Esta sustitución lingüística se ejecutó mediante una violencia sistemática que buscaba silenciar la memoria colectiva y obligar al africano a verse a sí mismo a través del espejo del invasor.
Por tanto, idiomas como el francés, el inglés o el portugués han sustituido en su mayoría
las lenguas locales. Si bien es cierto que el continente se caracteriza por su
heterogeneidad, nadie puede hablar de una sola África sino de muchas, quizás cientos
de Áfricas; hoy en día de los 54 países africanes 27 tienen la lengua europea como oficial
y 18 la tienen entre sus lenguas oficiales. Las repercusiones en la identidad se deben a
que la lengua es un elemento de unidad identitaria.


Desde finales del siglo XVIII, Francia no solo exportó a sus colonias africanas una política
basada en las ideas liberales, sino también la convicción de que la humanidad avanzaba
hacia una ‘civilización universal’ cuyo único modelo legítimo era el europeo. Bajo este
pretexto, el francés acaparó las escuelas, los tribunales y la administración pública,
desplazando sistemáticamente a las lenguas locales. Como resultado, las lenguas
tradicionales fueron despojadas de su utilidad funcional y política, quedando relegadas
a un espacio meramente conmemorativo o doméstico en la vida de los africanos.
Frente al monolitismo francés, el modelo británico e imperial adoptó una política de
diferenciación basada en el pragmatismo y el laissez-faire. Inglaterra delegó la autoridad
en jefes tradicionales mientras el poder real permanecía bajo control británico, una
estrategia que en lo lingüístico se tradujo en una aparente tolerancia que ocultaba una
falta de uniformidad.
Mientras que en regiones como el norte de Nigeria o en el África Oriental se permitió el
uso de lenguas maternas como el hausa o el suajili, siempre con el fin utilitario de formar
auxiliares para la administración, en el sur de Nigeria y otras colonias se impuso el inglés
como único motor de instrucción. Esta política no buscaba la asimilación cultural, sino
una funcionalidad colonial: se respetaba la lengua indígena solo cuando no amenazaba
los intereses del Imperio, relegando el bilingüismo a una herramienta de control y
dejando el desarrollo de las lenguas autóctonas a merced de los vaivenes de las
misiones religiosas y las necesidades del mercado.
Dada la complejidad de esta historia más amplia, o conjunto de historias, sería
imposible ofrecer una descripción satisfactoria de ella o de ellas en una breve entrada,
aun así, es evidente que el inglés se utilizó durante el colonialismo para ejercer el
dominio y el poder. También se ha convertido en un instrumento fundamental en
antiguas colonias por su capacidad para funcionar como medio neutral en
determinados contextos étnicos y tribales.
Esto no quiere decir, sin embargo, que el inglés no siga siendo percibido por algunos
como una lengua de opresión en lugares poscoloniales.
Durante el colonialismo, surgieron otras lenguas a medida que interactuaban distintos
grupos de personas; por ejemplo, los pidgins y los criollos, algunos de los cuales se
reconocen hoy en día como lenguas, como el criollo haitiano. Estos procesos también
dieron lugar a nuevas jerarquías de lenguas, de modo que la lengua se convirtió en una
forma de definir a los distintos grupos de personas y de comprender cuál era su
posición en las jerarquías sociopolíticas.


Hoy en día, el peso del inglés en la cultura de élite de África se debe, en parte, al poder
mundial prácticamente indiscutible de los Estados Unidos como superpotencia
anglófona en nuestro mundo unipolar contemporáneo. Este hecho, muchas veces
pasado por alto, se hace evidente cuando se observa el impacto que ha tenido sobre el
pensamiento de los pueblos con pasados coloniales y como el manejo de este idioma
sirve como una forma de diferencial las élites africanas.
Las élites y los responsables de la planificación educativa de las sociedades
anteriormente colonizadas dan por sentado que las lenguas imperiales europeas son
intrínsecamente globales y las más adecuadas para transmitir la inteligencia y la
universalidad. Sin embargo, el problema de esta situación es la jerarquía creada que
desprecia lo local. Todas las lenguas, grandes y pequeñas, tienen mucho lo cual le
brinda esa necesidad a nuestro entorno globalizado.


Dichas tendencias siguen teniendo repercusiones e implicaciones en la educación, la
literatura y los medios de comunicación. Cuando se pierde una lengua, también corre
el riesgo de desaparecer un valioso conocimiento cultural. Esta pérdida puede tener
consecuencias de gran alcance para la identidad cultural y el bienestar de las
comunidades indígenas, ya que erosiona sus perspectivas, valores y tradiciones
únicas.
Por ello, no puede hablarse de una verdadera descolonización mientras las lenguas
africanas sigan ocupando un lugar secundario en los espacios donde se produce el
conocimiento, se ejerce el poder y se construye la opinión pública. La independencia
política de los Estados africanos no basta si el habla propia continúa subordinada a la
lengua del antiguo imperio. La herida colonial no solo se mide en fronteras artificiales o
en recursos extraídos, sino también en los silencios impuestos a generaciones enteras.
Defender las lenguas africanas no implica negar la utilidad del inglés, del francés o del
portugués en un mundo globalizado, sino rechazar la jerarquía que presenta lo europeo
como universal y lo local como insuficiente. Una lengua no es únicamente un
instrumento de comunicación: es una forma de memoria, de pertenencia y de dignidad
colectiva.
Por tanto, el futuro lingüístico de África no debería construirse sobre la sustitución,
sino sobre la recuperación, la convivencia y el reconocimiento real de sus lenguas
propias.

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