¿Es internet el nuevo escenario de la censura en América Latina?

Informar sobre el éxodo migratorio en América Latina exige algo más que estar sobre el

terreno: exige libertad. En una región atravesada por el desplazamiento constante de personas,

la forma en que los medios construyen el relato sobre los migrantes choca a menudo con

diversas barreras invisibles. Para entender cómo opera la «mordaza en la era digital» y de qué

manera condiciona la cobertura periodística de estas migraciones, en este reportaje proponemos

un análisis comparativo de seis países clave en el flujo migratorio sudamericano: Argentina,

Brasil, Chile, Colombia, Uruguay y Venezuela.

Para llevar a cabo este estudio, hemos diseñado un marco metodológico basado en la

triangulación de datos procedentes de los dos medidores internacionales de referencia en

materia de libertad de información y derechos digitales.

En primer lugar, hemos recurrido al Barómetro y a la Clasificación Mundial de la Libertad de

Prensa de Reporteros Sin Fronteras (RSF). De cada país se ha extraído su posición en el ranking

global para, posteriormente, desglosar la puntuación en seis variables de estudio. Con el

objetivo de ir más allá de los cinco indicadores básicos y trazar una radiografía completa,

hemos decidido incorporar el panorama mediático de cada territorio, lo que nos permite

comprender el ecosistema informativo antes de evaluar las presiones que sufre. A este

panorama se suman el contexto político, el marco legal, el contexto económico, el contexto

sociocultural y la seguridad. Dentro de este bloque, el análisis pone un foco muy especial en el

contexto sociocultural. A través de las 22 preguntas y subpreguntas que plantea RSF para este

indicador, hemos rastreado las presiones sociales y culturales que sufren los profesionales de

la información. El objetivo es identificar si existen coacciones, ataques o un clima de

autocensura que impida a los periodistas cuestionar al poder o informar libremente sobre

realidades complejas, como la situación de la población migrante, por miedo a ir en contra de

la cultura dominante.

En segundo lugar, para evaluar el grado de censura y control específico en internet, nos hemos

apoyado en el informe Freedom on the Net de la organización Freedom House. La evaluación

del entorno digital de cada país se ha estructurado en torno a las tres categorías que propone la

entidad: obstáculos al acceso, límites al contenido y violaciones de los derechos de los usuarios.

No obstante, al aplicar esta metodología nos encontramos con una excepción importante: el

informe oficial no incluye a Uruguay en su muestra. Para resolver este vacío y mantener la

coherencia del análisis comparativo, en este caso concreto tuvimos que buscar alternativas

metodológicas. Así, las tres categorías del ecosistema digital uruguayo se han construido

cruzando los datos del informe general Freedom in the World con fuentes oficiales y

organizaciones locales de referencia, como el Instituto Nacional de Estadística (INE) y los

reportes de la ONG CAinfo.

La aplicación sistemática de estas diez variables a cada uno de los seis países nos ha permitido

estandarizar la recogida de datos. De este modo, tras los análisis individuales, el estudio

culmina con un análisis colectivo donde se cruzan los resultados para obtener una visión

panorámica de las luces y sombras del periodismo latinoamericano en la era digital.

Tras haber analizado en profundidad el ecosistema mediático y digital de Argentina, Brasil,

Chile, Colombia, Uruguay y Venezuela; se puede afirmar que la principal conclusión de este

trabajo es que la libertad de prensa en América Latina resulta, en gran medida, un espejismo

estructural. Se ha podido comprobar que no es necesario vivir bajo un régimen autoritario como

el de Venezuela (país en el que el apagón informativo y la persecución estatal son absolutos)

para que exista censura. La mordaza es económica y corporativa en democracias que a priori

se entienden como estables. El hecho de que la información se halle controlada por históricos

oligopolios familiares y dependa fuertemente de la publicidad institucional asfixia al

periodismo local. Si a un reportero le pagan mal, le amenazan con despidos o su medio

sobrevive gracias al político de turno, la autocensura se convierte en la única vía de

supervivencia.

Se ha de añadir a esta asfixia financiera que el entorno digital ha pasado de ser una promesa de

democratización a un campo de batalla tóxico. Lejos de garantizar la libertad, internet se ha

inundado de desinformación, ejércitos de ‘trolls’ y campañas de asco impulsadas, muchas

veces, desde las propias cúpulas del poder. Se puede apreciar con la agresividad institucional

que se da en Argentina y Colombia, o con el ciberpatrullaje y la vigilancia en otros puntos de

la región. Cuando el Estado no te silencia por ley, te asedia en redes o te ahoga en juicios por

difamación. Creándose un clima de hostilidad en el que hacer periodismo de investigación se

convierte en una profesión de altísimo riesgo,tanto a nivel legal como a nivel psicológico.

Es en este punto precisamente donde la totalidad de estas grietas democráticas chocan de frente

con el eje de nuestra investigación: la cobertura del éxodo migratorio. La suma de monopolios

mediáticos, precariedad y violencia ha generado inmensos ‘desiertos informativos’ en las zonas

fronterizas y periféricas de la región. Al desaparecer el periodismo de proximidad, la narrativa

sobre los migrantes queda secuestrada por las grandes corporaciones centralizadas en las

capitales. El resultado es una cobertura plana, distante y a menudo criminalizadora, que borra

los matices humanos y las violaciones de derechos que ocurren sobre el terreno.

En definitiva, la falta de libertad mediática y digital no solo empobrece el debate público, sino

que condena a las poblaciones migrantes a la invisibilidad más absoluta, dejándolas sin voz t

desprotegidas frente a los abusos del poder.

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