Es en 1789, año de la Revolución Francesa, dónde situamos el origen teórico de los cimientos del Estado de Derecho, del sistema liberal y del constitucionalismo, es decir, de nuestras democracias. Con la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano parece consolidarse la idea de que, como individuos poseemos unos derechos naturales, inalienables y sagrados, o en su término moderno, fundamentales.
Este texto recoge principios de derechos y libertades desde aspectos tangibles, como la propiedad privada o la asociación política, a aspiraciones abstractas y casi vitales, como lo es la igualdad, la libertad de pensamiento o la felicidad. Siglo y medio después de la Ilustración, el bullir de los totalitarismos en el Viejo Continente lo llenaron de sistemas jurídicos donde primaba la soberanía y expansión por encima de aquellas aspiraciones revolucionarias, menoscabando cualquiera de los proyectos cosmopolitas que pretendían una lucha desde lo común: la Humanidad. No obstante, esta idea volvió a tomar impulso después de la barbarie, la voluntad política parecía coincidir en que eran necesarias instituciones para proteger a nuestro conjunto. En 1945 se firma en San Francisco lo que pasará a ser la Carta de las Naciones Unidas cuyo Preámbulo recoge “reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana […]”. Y tres años después, de nuevo en Francia, se firma por la Asamblea General la Declaración Universal de los Derechos Humanos
atravesada por este renovado compromiso y la intención de la ya mencionada Declaración de Derechos de Hombre y del Ciudadano.
Dijo una vez Josep Borrell, antiguo alto representante para la Política Exterior Europea, que “Europa es un jardín rodeado por selva”, que es lo mismo que decir que es un oasis en el desierto. Ante la rara avis1 que supone el paraíso europeo no cabe más que preguntarse ¿qué lohace especial? Muchos, sobre todo los extranjeros que se ven atraídos por el sueño europeo hablarán de estabilidad, de garantías, de seguridad. ¿Pero qué dirían las familias que pagan alquileres por encima de sus sueldos? ¿Los que se ven expulsados a medio cuerpo de la frontera? ¿Y los que tienen una guerra en el felpudo de la puerta? Europa es una idea, un deseo casi literario. Pero uno que debe intentarse alcanzar, pues fueron también sueños idealistas los que se proyectaron en el París del siglo VIII y sin los que hoy no entenderíamos el orden de nuestros sistemas. No obstante, es también una ilusión, útil, aunque ficticia, hablar de una sola Europa.
La historia ha trascurrido de formas diversas, con personajes diferentes… y así la herencia ha conformado identidades tan plurales como las de hoy; que deben entenderse de igual forma como inalienables, naturales y sagradas, no por ello un obstáculo para la construcción de nuestro refugio, sino como una oportunidad de dejar ver las ideas y soluciones desde diferentes ópticas. Ese ha sido uno de los grandes errores que se han cometido, confundir la pluralidad de entendimientos con “diferencia de velocidades”. Nunca una barca pudo alcanzar puerto con marineros que remaban por su cuenta; tampoco podrá Europa. Decidir ignorar o querer suprimir la diversidad europea no ha hecho sino diluir lo que es su identidad.
Retomando el punto de partida de este editorial cabe recordar que los derechos son una cara de una moneda que tiene dos; por el reverso encontraremos: los deberes. Los Derechos Humanos, no crecen pues de tales obligaciones, sin embargo, ante lo absoluto puede resultarnos confuso el señalarlas, pero no desaparecen, es más, se acentúan cuanto más fácil sea olvidarlas. Ante un mundo frágil, donde de nuevo se cuestiona si la igualdad, la dignidad, la libertad es algo de todos, el derecho es a protegerlo y el deber es reclamarlo. No puede permitirse que lo universal, como lo son los Derechos Humanos, se vean manipulados por lo temporal, como es la política y el mercado. Europa, o la idea de Europa, no puede permitir que compartiendo tablero se juegue con distintas normas. Ese es el deber europeo, el que trata la responsabilidad con la Humanidad, la que se basa en la igualdad la fraternidad y la libertad.