
El 9 de abril se celebraron importantes manifestaciones en varios puntos de Caracas con el objetivo de dirigirse al Palacio de Miraflores para exigir mejores salarios al Ejecutivo. La Presidenta encargada, Delcy Rodríguez, respondió ordenando una fuerte represión que provocó numerosos heridos y detenciones.
Esta manifestación tuvo lugar tras el inicio de un movimiento de protesta en el que participaron venezolanos de todo el país, así como la diáspora en 14 países extranjeros, para manifestarse en contra de las medidas salariales anunciadas por Delcy Rodríguez y que entrarían en vigor el 1 de mayo.Estas medidas preveían un aumento del salario mínimo, cuyo importe fijado para 2022 era de 130 bolívares al mes (lo que equivale a 40 céntimos de euro al mes).
En Venezuela, el salario directo sirve de referencia para fijar las ayudas estatales y, por lo tanto, constituye un factor importante del poder adquisitivo de la población venezolana. Al anunciar únicamente una escasa revalorización de un salario que hoy en día resulta irrisorio debido a varios años de inflación, Delcy Rodríguez ha desatado la ira de una parte de la población a la que gobierna.
Sin embargo, Delcy Rodríguez se enfrenta a un dilema difícil, ya que un aumento más significativo del salario mínimo podría provocar un repunte de la inflación. Un nuevo repunte de una inflación estabilizada, pero aún elevada (cerca del 15 % de aumento en febrero), podría tener terribles consecuencias para una economía venezolana que sigue siendo frágil, a pesar de la flexibilización de las sanciones estadounidenses en enero.

La respuesta del Ejecutivo ante la movilización se tradujo en un despliegue concreto de mecanismos de represión en el espacio público. Los cuerpos de seguridad bloquearon los accesos hacia el centro de la ciudad para impedir el avance de la marcha, utilizando gases lacrimógenos y otros agentes químicos para dispersar a los manifestantes. A ello se sumaron cargas policiales y forcejeos que derivaron en múltiples personas lesionadas.
Paralelamente, se produjeron detenciones selectivas de manifestantes, varias de ellas calificadas como arbitrarias por organizaciones de derechos humanos. La represión no se limitó a los participantes de la protesta. Periodistas que cubrían la movilización denunciaron agresiones físicas, y la destrucción de sus equipos de trabajo, lo que evidencia un intento de restringir la difusión de lo ocurrido.
Estas acciones, lejos de contener el conflicto, reforzaron el malestar social en un contexto ya marcado por el deterioro del sistema salarial y la falta de canales institucionales de diálogo. La incapacidad del gobierno para ofrecer soluciones concretas, sumada a la ausencia de espacios de negociación creíbles, ha desplazado el conflicto hacia la calle, donde el costo de la confrontación tiende a ser mayor tanto para los ciudadanos como para la estabilidad política
En conclusión, la crisis salarial en Venezuela no puede entenderse únicamente como un problema económico, sino como una manifestación de un deterioro institucional más amplio. Sin reformas estructurales que restablezcan el valor del salario, fortalezcan la protección laboral y reconstruyan la confianza entre los actores sociales, es previsible que las tensiones continúen escalando.
Marin Villain – Chiara Mariucci
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