La tregua de papel mojado

El 24 de abril de 2026, la contradicción se materializó en la frontera entre Israel y Líbano, mientras que en el Despacho Oval de la Casa Blanca el presidente Donald Trump calificaba de «muy histórica» una reunión con representantes de alto rango de Israel y Líbano, y anunciaba en Truth Social la extensión del alto el fuego por tres semanas adicionales, los cohetes y los bombardeos seguían sobrevolando el cielo de Shtula, Yater y Shukin.

Hezbollah, la organización terrorista chií respaldada por Irán, reivindicó el lanzamiento de «una salva de cohetes contra el asentamiento de Shtula a las 23.15 del jueves», según un comunicado difundido por la cadena Al Manar, afín al grupo. La justificación es que la ofensiva respondió a «la violación del alto el fuego por parte del enemigo israelí y a sus ataques contra la localidad de Yater, en el sur de Líbano». Esto ha hecho que cada bando acuse al otro de haber roto primero la tregua, y  que cada bando se sienta con derecho a responder, convirtiendo la tregua en un arma más.

Horas antes de aquel ataque con cohetes, al menos dos personas resultaron heridas en un bombardeo israelí sobre Yater, en la gobernación meridional de Nabatiye. En la zona septentrional de esa misma región, en Shukin, otro ataque dejó tres muertos.  El Ejército israelí respondió al ataque de Hezbollah, un portavoz militar informó que sus fuerzas «atacaron el lanzador desde el que se dispararon varios cohetes contra la zona de Shtula» y también alcanzaron «otro lanzador, cargado y listo para disparar». El comunicado israelí se conoció poco más de media hora después de que Trump anunciara la prórroga de la tregua. 

La reunión en la Casa Blanca fue la segunda ronda de conversaciones directas entre Israel y Líbano en tres décadas. Participaron el vicepresidente JD Vance, el secretario de Estado Marco Rubio, los embajadores estadounidenses en Israel y Líbano, junto a la embajadora libanesa en Washington y su contraparte israelí. Trump señaló que el encuentro fue «muy bien» y expresó su deseo de recibir próximamente al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y al presidente libanés, Joseph Aoun. Todo aparentaba normalidad y progreso pero la normalidad y el progreso no sirven cuando los cohetes siguen volando y los cadáveres siguen contándose.

El alto el fuego original entró en vigor el 16 de abril fijando una tregua de diez días destinada a crear condiciones para negociaciones de fondo. El texto firmado reconoció a las fuerzas de seguridad libanesas como las únicas con autoridad para garantizar la soberanía del país, y comprometió a Beirut a impedir que Hezbollah u otros grupos armados no estatales atacaran objetivos israelíes. Sin embargo, el papel escrito resiste mal el contraste con la realidad vivida. 

El ejército israelí ocupa actualmente una franja de amortiguamiento de hasta diez kilómetros dentro del sur de Líbano. Hezbollah es el brazo armado de la República Islámica en la frontera norte de Israel. Por ello, mientras la milicia chií siga recibiendo armas, financiación y órdenes desde la capital persa, no habrá alto el fuego que se haga efectivo. 

¿De qué sirve prorrogar un alto el fuego que los propios firmantes se encargan de violar antes incluso de que la tinta del comunicado se haya secado? Esta es la pregunta que la diplomacia americana no puede responder, porque la respuesta condensa todas las contradicciones de una política exterior estadounidense que parece moverse más por el deseo de aparentar éxitos que por la voluntad real de construir paces duraderas.

Los hechos relatados encajan en una verdad, que el conflicto entre Israel y Hezbollah no es un malentendido que pueda resolverse con una mesa redonda y un comunicado de prensa, es una guerra por delegación, una pieza más del tablero regional que Irán mueve de forma calculada. La administración Trump ha caído en un error de cálculo pues ha confundido la ausencia de guerra total con la presencia de paz real. El presidente estadounidense habla de «éxito» y de colaborar con Líbano «para ayudarlo a protegerse de Hezbollah», pero sobre el terreno lo único que se ve es muerte. Los diplomáticos negocian en Washington mientras los francotiradores apuntan en la frontera. Los comunicados alardean de avances mientras las ambulancias recorren Nabatiye.

Por ello, nos parece que el problema de fondo no es técnico sino político, no se trata de ajustar plazos o de redactar cláusulas más precisas, se trata de que las partes no confían entre sí, y con razón. Israel teme que cualquier tregua sea aprovechada por Hezbollah para fortalecerse, y Hezbollah , o Irán, no tiene ningún interés estratégico en una paz definitiva porque el desgaste permanente de Israel sirve a sus designios regionales. El Líbano, por su parte, es un actor casi testimonial pues su gobierno reconocido no controla a la milicia que opera en su propio territorio , convirtiéndose en, como ha dicho el canciller israelí, un «estado fallido» sometido a una «ocupación iraní», y en ese vacío de poder, la tregua se deshace como el papel mojado.

Por todo lo expuesto, determinamos que la extensión del alto el fuego entre Israel y Líbano anunciada por Donald Trump no es un avance hacia la paz, sino un parche sobre una herida abierta que sigue sangrando mientras los líderes posan para las cámaras. La comunidad internacional no puede permitirse el lujo de aplaudir acuerdos que la realidad se encarga de desmentir hora tras hora. Mientras los cohetes siguen surcando el cielo de Sthula, mientras los cancilleres estrechan manos en Washington, mientras los niños mueran en Yater y los comunicados de prensa se feliciten por «rondas históricas de diálogo», la palabra «tregua»pasará a tener un significado vacío.

No basta con prorrogar plazos, con reunirse en el Despacho Oval y calificar los encuentros de «muy históricos», hace falta desarmar a Hezbollah, pero eso requiere una presión internacional coordinada que hasta ahora no se ha visto. Hace falta hacer efectiva la soberanía del Líbano sobre su territorio, pero eso exige un Estado libanés fuerte y autónomo, no sometido a los designios de Teherán. Hace falta, sobre todo, dejar de tratar el fuego que no cesa como si fuera un éxito negociador. Porque la paz no se decreta en los Despachos Ovales ni se tuitea en Truth Social, la paz se construye en las fronteras, con hechos, no con palabras.

¿Acaso no es hora de llamar a las cosas por su nombre? Esto no es una tregua, es una guerra con pausas de propaganda, y mientras los líderes sigan vendiendo como éxitos lo que no son más que respiros, la sangre seguirá corriendo y la paz seguirá siendo un espejismo.

La tregua de papel mojado se deshace, literalmente, bajo la lluvia de cohetes que sigue cayendo sobre la frontera y mientras eso ocurra, ninguna firma en Washington podrá devolver la vida a los muertos ni la credibilidad a una palabra que ya ha perdido todo su significado.

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