Entre la desconfianza institucional y la defensa de los derechos civiles, la Generación Z emerge como un actor clave en sociedades marcadas por la tradición y la corrupción.

Durante estos últimos años, las calles de mil partes del mundo diferentes han sido un mismo escenario de protestas protagonizadas por jóvenes. Encontramos desde movilizaciones estudiantiles hasta estallidos sociales contra la corrupción, provocando el despertar de la denominada Generación Z, que parece haber debatido entre la resignación y la rebelión. Pero, ¿qué dicen realmente los datos sobre su compromiso político? En este artículo lo revisaremos.
Para ello, analizamos información de World Values Survey (oleada de 2017-2022), centrándonos en cinco países con contextos culturales, históricos y políticos distintos: Bangladés, Brasil, Marruecos, Turquía y Serbia. El objetivo será comprender cómo se combinan tradición, corrupción, redes sociales y democracia en la cultura política juvenil.
MUCHA DESCONFIANZA
Si es verdad que estos países tienen contextos históricos diferentes, no obstante, hay un patrón que se repite en todos ellos, y esto es la alta percepción de corrupción en las autoridades estatales. En Brasil o Serbia, más de la mitad de la población considera que la mayoría de sus autoridades están implicadas en prácticas corruptas. Esto erosiona la confianza institucional y alimenta el escepticismo político.
No obstante, cuando observamos el activismo que se declara en estos países — es decir, cuántas personas dicen haber incentivado a otros a actuar políticamente — la mayoría responde una misma cuestión, y es que nunca lo ha hecho. La paradoja es demasiado evidente, no existe indignación pero no siempre se traduce en la movilización activa.
Pero esto no significa apatía total, en países como Bangladés y Brasil, cerca de cuatro de cada diez personas se identifican como activistas o potenciales activistas. En otros, como Serbia, el porcentaje es algo menor, pero las protestas juveniles actuales nos demuestran que el descontento puede activarse en momentos críticos, y tanto que nos lo han demostrado.
EL NUEVO ESPACIO PÚBLICO: LAS REDES SOCIALES
En el caso de que las calles no se llenen, os aseguramos que las pantallas sí lo hacen. Turquía y Brasil protagonizan niveles muy altos de uso diario de redes sociales como fuente primaria de información política. No olvidemos Marruecos, que también evidencia una fuerte penetración digital, sobre todo entre los jóvenes localizados en zonas urbanas. Por otro lado, Serbia ocupa una posición intermedia, mientras que Bangladés refleja una brecha digital muchísimo más marcada.
Las redes sociales no garantizan revolución, pero sí construyen una infraestructura muy sólida para el debate, la denuncia y la organización. Nos demuestra que es el nuevo espacio público de estos jóvenes indignados, donde se forma opinión y se articula el activismo digital, estos jóvenes logran formar una comunidad unida por una misma causa, siendo esto el alcance de un significativo desarrollo dentro de sus fronteras, logran concentrar un poder sólido, con el que lucharán hasta que llegue el día que alcancen sus sueños.
PRÁCTICA CUESTIONADA DEL FURTE IDEAL DE LA DEMOCRACIA
Algo que nos llama la atención es que en estos cinco países, la mayoría considera esencial que sea la democracia quien los proteja, quién proteja sus derechos civiles frente a la opresión del Estado. Dicho de otra forma, se inclinan hacia la democracia como ideal normativo con el que gozar de legitimidad.
Encontramos que se produce una tensión estructural, ya que esta valoración sobre la democracia choca con los altos niveles de desconfianza de la población hacia las autoridades y los medios de comunicación. Por tanto, se cree en la democracia como objetivo último y legítimo, pero se duda de su real funcionamiento.
Esta frontera entre lo ideal y lo práctico, es el terreno dónde más se mueve la Generación Z. No rechazan el sistema democrático, pero se exige su mejor funcionamiento.
¿ESTAMOS ANTE UNA REVOLUCIÓN O UNA TRANSICIÓN?
Más allá de una simple narrativa del auge de una «juventud revolucionaria», los datos nos sugieren algo mucho más complejo. Bangladés, Marruecos, Brasil, Turquía y Serbia comparten una base cultural que todavía está fuertemente vinculada con valores tradicionales y de supervivencia, de forma que tanto la estabilidad económica como el orden social, siguen siendo áreas prioritarias para muchos sectores de la sociedad.
Al mismo tiempo, emerge esta juventud de la que tanto hablamos mucho más conectada, más crítica, sin miedo a las autoridades al gozar de información que les permite ser conscientes de sus propios derechos. Se trata de una comunidad que actúa como un actor latente que es capaz de activar procesos de cambio cuando convergen las crisis económicas, los escándalos sobre corrupción o las restricciones a las libertades civiles, haciendo aún más ruido ante cualquier desigualdad que sufran, y todo por el deseo de vivir en un país de forma legítima sin que sus derechos sean dañados.
Por ello, a todos aquellos títulos que se concentran en que son sociedades revolucionarias, jóvenes que se rebelan contra autoridades estatales, ese no es el punto que estos jóvenes quieren conseguir, están despertando, y esta Generación Z nos permite decir que estas sociedades están en transición, no vayamos a centrarnos en los escándalos que hacen, centrémonos en el por qué hacen lo que hacen y el por qué protestan. En esta transición, la Generación Z no es necesariamente la que más protesta… pero sí la que redefine las reglas del juego político lentamente.
